Cuando el equipo de Tamsaout volvió a los diques del río Mendoza después de la primera inspección, los números no coincidían con el informe original. Esa diferencia, pequeña al principio, terminó reordenando el plan de obras para la temporada.
El dato que no estaba en el acta
La primera revisión se hizo a fines de enero, con el caudal alto y las compuertas operando a presión máxima. El acta registró el estado general de los revestimientos y dio por bueno el sistema de monitoreo. Pero al contrastar las lecturas de los sensores con el aforo manual, apareció una brecha del 7% en el tramo cercano a Luján de Cuyo.
No era una falla grave, sino un desfase de calibración. Sin embargo, ese 7% significaba que el agua derivada a los canales secundarios llegaba con menos presión de la prevista, y eso afectaba el turnado de riego en las fincas de altura.
Lo que se ajustó en el plan
La corrección no fue técnica, sino de método. Se reemplazaron dos sensores de caudal, se reprogramó la tabla de conversión y se sumó una verificación manual quincenal en los puntos de derivación. El cambio más importante fue administrativo: ahora cada revisión incluye una comparación cruzada entre el registro digital y el aforo en terreno.
Ese procedimiento, que parece menor, evitó que el error se arrastrara hasta la temporada de deshielo. Cuando llegó el pico de caudal en febrero, las compuertas respondieron con la presión esperada y los productores del Valle de Uco recibieron el agua en el horario pactado.
Lo que quedó pendiente
La revisión también dejó una lista corta de pendientes: reponer la tapa de una cámara de inspección en el canal matriz de San Martín y actualizar el plano catastral de las tomas particulares. Son tareas menores, pero quedaron registradas con fecha de vencimiento para la próxima inspección.
El aprendizaje de esta experiencia es simple: la primera lectura no siempre es la definitiva. Volver al terreno con los datos en la mano, comparar y ajustar, es lo que separa un informe de un diagnóstico útil.