A Practical Look at the First Week
Cuando el equipo de Tamsaout llegó a la Puna jujeña para relevar el avance de las obras de riego en la cuenca del río Miraflores, sabíamos que la primera semana iba a definir el ritmo de toda la cobertura. Lo que no esperábamos era que las decisiones más importantes no tuvieran que ver con la logística, sino con cómo medir el impacto real de un proyecto que todavía no está terminado.
El primer día lo dedicamos a recorrer los tres tramos del canal principal. En el sector norte, la obra avanza sobre suelo salino y el contratista tuvo que cambiar el tipo de geomembrana prevista. Ese cambio, menor en el papel, retrasó el cronograma en cuatro días y obligó a redistribuir el turno de las cuadrillas. Fue la primera lección práctica: en la cordillera, el terreno manda y los planos se ajustan después.
La segunda decisión llegó el miércoles, cuando las comunidades de Agua de Castilla nos pidieron que no publicáramos los caudales estimados por tramo. Su preocupación era concreta: los datos parciales podían generar expectativas en los productores de la zona baja, que todavía no tienen conexión al sistema. Acordamos entonces trabajar con rangos amplios y dejar los números finos para el informe final, cuando la obra esté habilitada.
Ese mismo día, un temporal de viento blanco cortó la ruta provincial 52 y nos dejó varados en el campamento base. Lejos de ser tiempo perdido, la espera nos permitió entrevistar a los operarios que viven en la zona durante todo el año. Sus observaciones sobre la variación del nivel freático, anotadas en cuadernos que llevan desde 2019, resultaron más valiosas que cualquier dato satelital que pudiéramos obtener en Buenos Aires.
El viernes, con la ruta despejada, volvimos a los tramos centrales. Allí confirmamos que el sistema de compuertas automáticas, diseñado para operar con energía solar, tenía un problema de calibración en días nublados. Los técnicos locales propusieron un ajuste manual que ya habían probado en el dique derivador de El Encón. La solución no estaba en el manual del fabricante, sino en la experiencia acumulada de quienes conocen el comportamiento del agua en esta cuenca.
La primera semana terminó con una conclusión simple: el éxito de una obra de riego en los Andes no se mide solo por los metros de canal construidos, sino por la capacidad del proyecto para adaptarse a las condiciones reales del territorio. Las decisiones que tomamos en esos cinco días —cambiar la geomembrana, diferir los caudales, escuchar a los operarios— fueron todas de sentido común, pero requirieron estar en el terreno para tomarlas.
Para la próxima entrega, vamos a comparar esta experiencia con lo que está pasando en el valle de Uspallata, donde un proyecto similar enfrenta desafíos distintos. Mientras tanto, dejamos abierta la pregunta que nos acompañó toda la semana: ¿cómo se mide el progreso cuando el paisaje cambia más rápido que los indicadores?